La escabrosa realidad de la humanidad, que disfruta del miedo y del dolor del otro, se ha manifestado a lo largo de la historia de formas variadas. Desde tiempos antiguos, hemos sido testigos del poder del miedo para sembrar pánico y confusión, ejerciendo así un dominio sobre las mentes y corazones de las personas.

Resulta lamentable observar cómo algunos, en un intento de difundir la palabra de Dios, recurren al miedo y al terrorismo emocional. Pretender llevar a las personas hacia Cristo mediante la amenaza del caos que se vive en la humanidad es un enfoque equivocado y poco efectivo. En lugar de centrarse en la obra redentora de Jesucristo, en su amor y su poderosa obra, debemos recordar que, aunque no debemos temer a quienes pueden matar el cuerpo, nuestra verdadera preocupación debe ser no perder el alma. El terrorismo emocional y la presión generada pueden llevarnos a la decepción y a sentirnos insatisfechos, ya que nos alejan de la búsqueda genuina de Cristo. Aunque es cierto que las tribulaciones siempre estarán presentes, la Palabra nos alienta al recordarnos que: «que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos», sino que contamos con la fortaleza que proviene de Dios para perseverar y sobreponernos.

Es crucial comprender que el miedo es una de las estrategias de manipulación mental y emocional más antiguas y efectivas en la historia de la humanidad. La creación deliberada de caos y terror ha sido utilizada para ejercer control sobre las masas.

En este contexto, es de vital importancia reconocer el papel de aquellos que nos recuerdan la importancia de la palabra de vida y la llenura del Espíritu Santo. Este poder nos brinda la capacidad de discernir cuando intentan infundirnos miedo para manipularnos.

Es imperativo comprender que el verdadero poder proviene de Dios, no de nosotros. No permitamos que el miedo nos intimide, sino que permanezcamos firmes en la fe, confiando en aquel que nos guarda y nos protege del mal. Mantengamos nuestros ojos puestos en el único que nunca falla y perseveremos en la fe, sabiendo que el Señor hará su parte en nuestra vida.


«Una mujer fortalecida, fortalece a otra. Es un compromiso como mujer»

— Carolina Contreras, Comunicadora